Por Juan Emilio Mirabustos
“A Bergoglio no lo dejamos ser Francisco”. Así se expresó Jorge García Cuerva, Arzobispo de Buenos Aires, en sus palabras a la prensa al conocerse la partida física del Papa Francisco, quien antes de ser nombrado Sumo Pontífice, era el Cardenal Jorge Mario Bergoglio, Arzobispo en su momento de nuestra ciudad capital. Y lo que dice tiene mucho de cierto. Nos pasa siempre cuando aparece un representante mundial de nuestras tierras. Pasó con Maradona después del mundial 86, donde se le perdonó hasta su adicción a las drogas y todos, o casi todos, se comieron la curva del “la pelota no se mancha”. Pasó con Messi, que después de varios mundiales sin mojarla y de comerse todos los insultos por no cantar el himno, esa misma gente le empezó a descubrir poderes sanadores desde que besó la copa que ganó la selección en Qatar. Y pasó con Bergoglio. Los Kirchner, el matrimonio más corrupto de la historia argentina, se enfrentó una y mil veces al Arzobispo de Buenos Aires que no dudaba en objetar esa gestión en sus homilías. Cuando aquella mañana del 2013 lo nombraron Santo Padre, la flamante viuda que venía de ganar con el 54% y aún vestía luto, no pudo contener las lágrimas ante alguien más poderoso que ella, casi como una capitulación, un pedido de disculpas públicas de alguien que nunca las da para no transmitir debilidad, una señal a lo lejos de “es por acá, compañeros, a bancarlo”.

TOMÁ MATE. Bergoglio, ya siendo Papa Francisco, se llevó a la Santa Sede muchas de nuestras costumbres, entre ellas, la de volverlos locos a sus guardaespaldas en sus primeros años de pontificado, con salidas sin protocolo a lugares de beneficencia y ayuda social.

QUEMÁ ESA FOTO. En pleno desgaste mediático de la gestión de Mauricio Macri, todo el ensobradaje periodístico y la militancia nacional y popular publicaron una foto oficial del expresidente con un Santo Padre serio, como incómodo. Esta foto, con un Francisco sonriente, se la saltearon de manera nada casual.
DEL ÉXTASIS A LA AGONÍA
No se sabe si ese fue el comienzo de una grieta tan o más grande que la que el kirchnerismo creó desde que sumó más poder. Una grieta que sólo existió en nuestro país. Como cuando viene un ídolo de la música a dar un recital y no te vas hasta que diga un par de pavadas en nuestro idioma con la camiseta argentina puesta, todos esperaban una solución milagrosa para nuestro país de parte de un líder mundial como un Papa que, además, es paisano nuestro. Pero Bergoglio no ganó una elección nacional y mucho menos hizo campaña para llegar a donde llegó y, les podemos asegurar, es la meta definitiva para quienes siguen la vocación sacerdotal. Desde ahí, empezaron las controversias. Los anti K de paladar negro empezaron con las críticas cada vez más fuertes a Francisco. Como si todavía estuviera en Buenos Aires tomando mate en la puerta del Arzobispado y sin que caiga la ficha de que el hombre ya es líder mundial, le empiezan a echar en cara sobre por qué no habla del país, por qué no hace “algo”. A ese fuego, los tuitstars de siempre le echaban nafta y tiempo después, también los periodistas más críticos del último régimen peronista. La “Pajarita Mabel” lo apodó “el potato” (tras la muerte del Papa, se limitó a recordar viejos carpetazos a Bergoglio de parte del kirchnerperonismo) y el periodista homosexual Osvaldo Bazán fue más allá, llamándolo “Santo Bagre”, además de escribir un repudiable artículo en el blog Seúl, carpeteándolo como si fuera un político corrupto. “A Francisco lo despidieron como se merecía: un narcisista hipócrita, rodeado de hipócritas” y “Yo no soy hipócrita, ya hay mucha competencia” son algunas de las lamentables frases que escribió un periodista que cree que todos los curas son bufarretas.

RENCOR, MI VIEJO RENCOR. Osvaldo Bazán, desde su condición de homosexual, siempre fue un periodista disruptivo e incómodo al statu quo. Su libro “Seamos libres”, escrito tras el regreso del kirchnerismo al poder, es su obra cumbre. Sin embargo, su visceral odio al catolicismo en general y al papa Francisco en particular, fueron inspiración para “Francisco tuvo la despedida que se merecía”, un innecesario y desubicado carpetazo al Santo Padre publicado el día de su funeral. Bazán ya fue despedido de medios nacionales como TN y el diario mendocino El Sol, incluso coincidiendo con su línea editorial.
Muchos, como Bazán, se comieron la curva de una foto que se sacó al lado de Mauricio Macri con un gesto adusto, serio, y de ahí construyeron la leyenda de que Francisco lo odiaba (sí, un Papa odiando a un político, a alguien, paranoia only in Argentina). El diputado Fernando Iglesias, del PRO pero en apoyo casi explícito a la gestión libertaria, escribió libros (muy buenos e instructivos, por cierto) donde destaca la injerencia de Bergoglio en el peronismo y viceversa, obviando el conflicto con los Kirchner. Fue de los pocos cuestionadores del Santo Padre que guardó respeto en sus publicaciones y rechazó viajar a las exequias del Papa en el Vaticano, aun siendo representante de Relaciones Exteriores en la cámara de Diputados, argumentando una austeridad que el Gobierno demostró con hechos, viajando solamente una mínima comitiva de menos de diez personas. Del otro lado de esa grieta, estaba el Kirchner-peronismo, desesperado por una foto con el Sumo Pontífice. Unos cuántos lo lograron y presumían una amistad de la que Bergoglio a gatas recordaba. Los sindicatos peronistas no dudaban de poner “Papa Francisco” hasta a sus quinchos de sus campos de deportes, como cuando le ponían Kirchner a una plaza con dos ruedas de tractor pintadas. El colmo de ese cholulismo eclesiástico lo dio el impresentable Juan Grabois, uno de los tantos gerentes de la pobreza nacional, que cuando lo internaron a Francisco, fue a Italia a querer entrar de prepo al Policlínico Gemelli, al grito de “soy amigo del Papa, soy amigo del Papa”. Jorge Bergoglio como Papa nunca se pronunció a favor de ninguna ideología política nacional, que no es lo mismo que preocuparse por la gente pobre y humilde sin pedir nada a cambio, un precepto jesuita. Le echaron en cara sacarse fotos con el dictador Maduro y con personalidades de nuestra política procesados o condenados. La desesperación de ambos lados de la grieta hizo que Francisco no haya contemplado visitar su país natal. Sí, chicos, fue toda nuestra. El Papa argentino no visitó Argentina por culpa de nosotros mismos. Más corta, traigan tijeras.

LA CHOLULIDAD AL PALO. Juan Grabois quiso entrar de prepo a ver a “su amigo” Francisco cuando estaba internado y lo sacaron carpiendo. Una humillación tan grande como que en los medios internacionales te consideren “activista influencer”.
Nuestro payasesco fanatismo por la política, que sólo beneficia al político que la usa, que mezcla el fútbol con lo que se vota, espantó al único Papa argentino que veremos en nuestras vidas. La ansiedad por ponerle una camiseta política a alguien de la envergadura de un Papa, sea Bergoglio, Wojtyla, Ratzinger o el que tenga que venir después de la fumata blanca, es exclusiva de un país trastornado como el nuestro, después de 20 años de grieta. Le han llegado a cuestionar declaraciones como “viví 76 años en Argentina. Ya es suficiente. Ahora vivo en el mundo”.
Jorge Mario Bergoglio dejó su carrera de Ingeniería para abrazar la fe católica desde el sacerdocio. Eligió a los Jesuitas para que lo eduquen. Y los Jesuitas, como su nombre lo indica, son la representación más viva de Jesús en la Tierra. Jesús convivía con gente que lo adoraba y con gente que aquella gente adoradora despreciaba. Estaban potentados, gente humilde, delincuentes, mujeres de moral distraída. Ese es el precepto de vida que tienen los Jesuitas. En Bergoglio querían ver o a un cura villero que no te comulga si votaste a Milei o al tipo sentado a la derecha del Opus Dei. No había medias tintas. No había grises. Elige tu propio Francisco. Un modelo para armar al que le faltaba siempre una pieza, un “cinco pal peso” eterno.
PODEMOS IR EN PAZ
Con la muerte de Bergoglio se termina una novela innecesaria en nuestro país, repetimos, producto de la grieta que hizo que el kirchnerperonismo gobierne más de dos décadas. El berrinche de “la foto con el Papa” por un lado y “el Papa peronista” por el otro. Curiosamente, nadie lo bardeó, en todos estos años, por su amor hacia San Lorenzo. Hace minutos descubrimos que en México hay un “corresponsal” argentino llamado Marcelo Luis Ojeda que, apenas empezó su “informe” por la muerte de Francisco en el noticiero de Televisa, remarcó que el presidente Javier Milei envió sus condolencias “cuando siempre fue crítico de él”. “Es muy contradictorio, es muy contradictorio” espetaba, mientras que el periodista que estaba en el estudio se reía silenciosa, pero socarronamente, en un claro ejemplo de lógica ignorancia. Esto también fue otro “logro” del kirchnerismo: poner “corresponsales” que, de una forma u otra, sigan propagando el relato nacional y popular, vendiendo un “diario de Yrigoyen” a países donde muchos creen que los argentinos son todos porteños. Y otro dato curioso de este señor Ojeda: prácticamente no tiene redes sociales. Sólo su Instagram y está con candado. Raro en un periodista que, en tiempos de redes sociales e inmediatez tecnológica, apenas use el zoom para salir al aire en alguna incauta emisión internacional. ¿El candado será para que nadie vea su ideología?
El papa Francisco, Jorge Mario Bergoglio, ya se fue con Dios. Tenía ya 88 años e inmensos achaques producto de la edad. Se terminó una era. La ridícula grieta que se formó con su apostolado, lentamente se va a ir erosionando. Ya no va a haber otro Papa argentino. Ahora va a volver el famoso mito urbano del “Papa negro” del “fin de los tiempos”, cuando en la historia ya hubo tres y el mundo sigue andando. La fe católica renovará su esperanza en el próximo “Habemus Papam”. Y a Francisco, a Bergoglio, se le recordará por muchas cosas que han revolucionado el difícil trayecto de ser Papa. Pero en nuestra Argentina, además, será recordado como el que osó pecar haber nacido en el país más loco del mundo.



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