MÉXICO Y SU LABERINTO POPULISTA

1024 576 Juan Emilio Mirabustos

Morena, el kirchnerismo mexicano que gobierna nacionalmente desde 2018, ganó uno de los tres estados más grandes del país del norte. Los otros dos, los tiene la “otra izquierda” ¿Continuidad del régimen populista de López Obrador o refugio ante una posible derrota en las presidenciales del 2024? Los preocupantes paralelos de un país que en menos de seis años se empezó a parecer demasiado a la Argentina kirchnerperonista que estamos padeciendo.

“Fue el partido el que robó a trabajadores de Texcoco, no yo”. Una frase que haría perder a cualquier candidato, la dijo alguien que terminó ganando las elecciones este domingo 4 de junio. El contexto es devastador. Quien dijo esa frase en un debate fue Delfina Gómez, la candidata a Gobernadora por el Estado de México por Morena (Movimiento de Regeneración Nacional), el partido de izquierda populista que fundó el actual presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y que logró, además de desintegrar el movimiento izquierdista que él integraba con el PRD (Partido de la Reconstrucción Democrática) a la cabeza, integrar a México en ese selecto grupo de países inundados de asistencialismo, falso progresismo y agresión física y verbal a todo lo que se oponga a su ideología. La “maestra” Delfina, cuando fue presidente municipal de Texcoco, uno de los municipios más pobres del Estado, le quitó (ni siquiera le pidió) a cada empleado del municipio el 10% de sus sueldos para “la causa del partido”. Sí, cada municipal le tenía que dar el “diezmo” a la “maestra” cada mes. Esta situación escandalosa hizo que se iniciaran acciones legales contra Morena, que seguramente quedarán cajoneadas por seis años, lo que dura un período gubernamental en cada estado mexicano sin posibilidad de reelección, salvo en las áreas municipales, que duran dos años con una reelección posible.

Un debate que definía una elección, fue ninguneado por la mayoría de los votantes. En el primero de los dos que se hicieron, Delfina Gómez (a la izquierda de la foto, naturalmente), la candidata del populista Morena, mandó al frente a su propio partido en un caso de corrupción que la tocaba. Un papelón que hoy es apenas una anécdota, al menos por seis años.

El “diezmo de Texcoco”, un escándalo que haría perder hasta al más posicionado candidato, se ignoró por completo en las urnas. Enfrente, Delfina Gómez tenía a Alejandra Del Moral, una muy joven candidata por la Alianza Va por el Estado de México, que integra casi toda la oposición al régimen morenista. Y cuando se dice casi toda, es tal cual: la derecha del PAN (Partido Acción Nacional), el conservacionismo del PRI (Partido Revolucionario Institucional), la izquierda del PRD y el progresismo de Nueva Alianza. Juntos, venían de unas elecciones de medio término exitosas, recuperando la mitad de la Ciudad de México y cambiando el color guinda de Morena que invadía casi todo el territorio mexiquense, con excepción de un solo municipio chico. Las encuestas no favorecían desde un principio a la candidata aliancista, pero muy lentamente se empezó a notar la experiencia en los armados de los principales partidos, con actos en lugares estratégicos, invasión de carteles “espectaculares”, como les dicen allí a las gigantografías, en las principales vías de acceso al Estado y algo inédito en la política local: la candidata tenía una campaña distinta por cada partido que integraba la alianza, por ejemplo, para los afiches del PRD, se ponía una camisa amarilla; para los del PAN, la camisa blanca con el logo y para el PRI, de donde es Del Moral, el rostro de ella junto al logo del centenario partido. La diferencia con la campaña de Morena era abismal. Los afiches de Delfina Gómez, además de ser escasos en comparación con su rival, sólo resaltaban el logo del partido de AMLO y muy en pequeño, sus aliados; el polémico Partido Verde y los fundamentalistas de la izquierda rancia del Partido del Trabajo.

El resultado de esa campaña fuerte empezó de manera lenta a dar vuelta las encuestas que favorecían al populismo. Nadie quería escupir para arriba, pero muchos empezaban a mirar con menos recelo a Alejandra Del Moral, una mujer que fue presidente del municipio de Cuautitlán Izcalli y renunció a su cargo (no se tomó licencia: renunció) para ser candidata a Diputada Local por el PRI y luego pasando por distintos estamentos en el gobierno estatal actual. Nunca le cazaron un fulbo. Nunca le descubrieron un acto de corrupción, ni siquiera su oposición más directa. Era, de las dos que terminaron compitiendo, la más “limpia”. Pero, ¿iba a alcanzar con eso para llegar a la gobernación de uno de los tres estados más importantes del país?

El conteo rápido de votos daba, desde horas tempranas, a la candidata de izquierda como ganadora de las elecciones para gobernar el Estado de México. Sin embargo, esos 8 puntos de diferencia fueron pocos comparándolos con los del Estado de Coahuila, donde la alianza opositora a Morena aplastó al partido de López Obrador con casi 35 puntos de diferencia. La abstención en el “Edoméx” fue de más del 50%. En México no es obligatorio votar. (foto: Imagen Noticias)

EL INFIERNO TAN TEMIDO

El PREP o Conteo Rápido que se hace apenas cierran las urnas (en el mismo horario que en nuestro país) se hace en base a lo que se pone en el formulario general. La siguiente etapa es el conteo de los votos uno por uno, pero ese conteo primario ya es una seguridad de lo que va a ser el conteo de votos más largo. En los primeros 15 minutos se veía un cabeza a cabeza que favorecía a la candidata de la alianza, pero no pasaron ni otros 15 minutos que se dio todo vuelta y por poco más de 8 puntos de diferencia a favor de la candidata del presidente. Con casi el 35%, la cosa terminó siendo irremontable y Alejandra Del Moral, Ale, la “valiente” como era la palabra clave de su campaña, salió a admitir la derrota y le deseó muchos éxitos a Delfina Gómez en su nueva etapa como gobernadora mexiquense. Un gesto inédito si ocurriese en nuestro país, donde gente condenada ni siquiera entrega el bastón presidencial.

BANCANDO LOS TRAPOS. Ale del Moral no tuvo drama en ponerse la camisa o el saco o el chaleco de cada partido que conforma la alianza Va por el Estado de México para promocionar su candidatura. Más ejemplo de unidad, imposible. Distinto panorama fue el de Delfina Gómez, quien solamente tuvo ese modelo de afiche con el logo de Morena bien grande y los “socios” políticos abajo, bien chiquitos.

Las preguntas salen solas. ¿Qué tuvo que pasar para que una maestra militante, que tiene muy poca preparación perdiendo los dos debates en que participó (junto a esa famosa frase del principio de esta nota), que se choreó hasta el agua de las macetas siendo “intendente” de un municipio subdesarrollado, haya ganado un Estado tan clave como el de México? ¿Por qué esta vez falló el armado del PRI, que gobernó durante décadas y se aseguraba más décadas de gobierno? Quizás una de las respuestas haya sido la elección de la candidata, aunque haya sido por voluntad unánime de todos los partidos que se aliaron. Ale Del Moral tenía todo para ganar una elección, de no ser porque es del PRI, un partido al que muchos le huyen por episodios que marcaron negativamente la historia de México. Desde el asesinato de un candidato de su propio partido, Luis Donaldo Colosio, a principios de los ’90, que le dio vía libre a que el delfín del presidente Carlos Salinas de Gortari llegue a la presidencia, luego de aplicar un Rodrigazo que devastó la economía mexicana, pasando más atrás en el tiempo por cachivaches como Gustavo Díaz Ordaz, quien mandó a reprimir con balas de verdad las manifestaciones estudiantiles durante las olimpíadas locales en 1968. Ese año, el 2 de octubre, se juntaron miles de jóvenes en la expalanada de los edificios de Tlatelolco. Díaz Ordaz mandó a poner decenas de francotiradores y pergeñó una de las masacres más dolorosas de la región, con incontables víctimas fatales. Ni Salinas ni Díaz fueron enjuiciados: metieron un par de perejiles a la cárcel y a dar vuelta la página. Algo empezó a cambiar en esa década cuando aparece en escena el PRD con toda la izquierda unida ganando por primera vez la cosmopolita Ciudad de México y en la siguiente década con la nación en manos del PAN. El PRI empezó a perder mucha fuerza electoral y, si bien seguía teniendo fuertes bastiones, algo no tan agradable empezaba a oler en esa Dinamarca. Y así fue que en 2012, Andrés Manuel López Obrador se va, no en muy buenos términos, del PRD tras perder por muy poco las elecciones del 2006 (recordemos que sus comienzos políticos fueron en los años 80 ni más ni menos que con el PRI, para luego abrazar el otro extremo de la política) y funda Morena, llevándose a muchos militantes y dejando pedalear en el aire a quienes no se subieron a ese tren, que en parte fundaron Movimiento Ciudadano, una escisión de toda esa izquierda hoy desunida, que actualmente gobierna Nuevo León y Jalisco, los otros estados más importantes del país. Si bien el PRI terminó siendo el “peronismo mexicano” por todos los años que gobernó y tuvo varias intentonas de algunos presidentes de reivindicar su imagen a través de marchas de apoyo, en el partido nunca hubo un “líder mesiánico” como sí lo hay en Morena con AMLO. Nadie se percató de ello, la gente estaba con hambre de alternancia y tras dos intentos de llegar al poder, en 2018, frente a dos candidatos “inexistentes”, AMLO llega a la presidencia del país con casi el 55% de los votos. El pensamiento promedio de la gente era “ya está grande, démosle una oportunidad”, pero el tiro en el pie se empezó a sentir fuerte al año del mandato, con conferencias de prensa todos los días despotricando a los “conservadores”, con la cancelación de la construcción del aeropuerto más moderno de la historia de la región y reemplazándolo por uno más precario, presumiendo una austeridad que no existe entre sus familiares con casas en Miami y Europa, intentando desintegrar al INE, el instituto que regula todas las elecciones del país, para intentar poner su propio régimen electoral, agitando todo el tiempo entre sus seguidores, ya fanáticos, el culto a su personalidad… Muchos dan cuenta que este sexenio (seis años de gestión, a diferencia de los cuatro en nuestro país) es el más interminable. Aún falta un año para las generales, toda una eternidad. Al menos en el plano político, ya que la economía, siempre fluctuante, se mantuvo bastante estable en estos años gracias a la iniciativa privada. Un salvavidas de donde agarrarse para el “kirchnerismo mexicano” que hasta el año que viene gobierna el 90% de los Estados del país.

COSTUMBRES ARGENTINAS. Con el mismo color guinda del partido de López Obrador, aparecieron en la populosa Ciudad Nezahualcóyotl estas pintadas. A través de una investigación y posterior demanda, se supo que Delfina Gómez, siendo intendente de Texcoco, le sacó el 10% del sueldo a cada empleado municipal para las arcas de Morena. El día de la votación fueron detenidas decenas de militantes de ese partido mientras les daban dinero a la gente para que voten a la gobernadora electa. Así y todo, el “ah pero la otra es del PRI” terminó ganando, no solo en los municipios más pobres del Estado de México.

Paulina Alejandra Del Moral Vela perdió por ser del PRI. Ni más ni menos. Era la candidata ideal. 39 años, casada, dos hijos gemelos y un prontuario de corrupción nulo. Perdió con Delfina Gómez. 60 años, soltera, conviviendo en su casa con 10 perros y 2 gatos y con el “diezmo de Texcoco” en sus hombros. Alejandra Del Moral tenía a los Salinas de Gortari y los Díaz Ordaz de la vida en sus espaldas y eso fue lo que no quiso votar la mayoría, sin contar a los fanáticos de AMLO. De poco sirvieron los afiches de cada partido aliancista y de convencer al electorado que no es una elección del PRI sino del resto de los partidos. Sin embargo, no hubo resquemores, rencillas ni acusaciones de fraude. En el “Edoméx” se perdió con la frente en alto. Distinto a Coahuila, donde la coalición opositora al régimen obradorista aplastó a su candidato por más de abominables 35 puntos de diferencia. El joven dirigente Manolo Jiménez se impuso con abrumadora mayoría al sexagenario representante de Morena, Armando Guadiana quien, si bien admitió la derrota, no tardó ni un segundo en denunciar “corrupción oficialista” y decirles de todo a los candidatos del PT y de Movimiento Ciudadano por no aliarse con él. Así y todo, ni juntando a los tres llegaban a alcanzar al electo gobernador. Por eso cada elección estatal en México es un mundo aparte. Mientras que en el Estado de México ambos partidos se arroparon bajo las faldas de la electa Delfina, en Coahuila, un conflictivo estado en materia de seguridad, pero emergente en el área industrial por su cercanía al límite con Estados Unidos, la izquierda fue toda dividida. Y es la ley de la política: vas dividido, perdés seguro. Allá en México, acá en Argentina, en donde sea. De no haberse creado Va por México y sus representaciones en cada estado, tal río revuelto iba a terminar con sus aguas de bruto color morado hasta por décadas. Por más que ahora los formadores de opinión, que los hay y muchos en ese país, hablen de que “a Del Moral la dejaron sola”, que el actual gobernador mexiquense Alfredo del Mazo (del PRI) no armó una “elección de Estado” y que todo es una “guerra de egos” entre los líderes de cada partido coalicionista. Algunos de ellos hasta minimizaron el triunfo en Coahuila porque, en teoría, sólo aporta el 4% del padrón si van a votar todos los que están aptos para ello. Como en el fútbol, cuando se pierde, los dedos acusadores aparecen de abajo de las baldosas.

LAS DOS CARAS DE LA VERDAD. Arriba, Manolo Jiménez, el electo gobernador de Coahuila. Abajo, Armando Guadiana, el campechano candidato populista que perdió por una descomunal diferencia. Las caras largas de quienes lo acompañan en esa humilde puesta en escena, lo dicen todo.

DESDE EL ABISMO

Se terminaron 90 años de hegemonía priista en el tercer estado más importante de México. Ese invicto aun lo sigue teniendo Coahuila a través de una alianza con el resto de la oposición. El año que viene comienza una etapa, para muchos oscura, para otros muchos, de total incertidumbre. Delfina Gómez será la representante estatal de un gobierno nacional en franco desgaste y que del cual aún no se sabe quién será el candidato o candidata a seguir con la “cuarta transformación”, la pomposa denominación que le puso AMLO a su propio gobierno, siendo las tres anteriores la independencia del país, la Revolución y la expropiación petrolera, que garantizó el monopolio estatal de los combustibles por más de 8 décadas. A los posibles candidatos los llaman “corcholatas” (tapitas de gaseosa) porque al momento de anunciarse un candidato, ese candidato se “destapa”. Y aunque vociferen lo contrario, ese candidato será ungido por el dedo del líder supremo, así como Cristina ungirá a Wado de Pedro, un seguro sucesor de la política lacayista de Alberto Fernández. El error, si se lo puede llamar así, de Va por el Estado de México, es haber elegido de candidata a una supuesta representante de la “vieja política”, cuando en realidad los oscuros años del más rancio PRI quedaron atrás desde el 2000, cuando el PAN fue gobierno por dos períodos y volvió al poder con Enrique Peña Nieto, el presidente que puso a México en el siglo XXI con dos reformas determinantes: la de telecomunicaciones, ampliando el espectro radiotelevisivo con la llegada de la TV digital junto a la modernización de las comunicaciones telefónicas y de Internet, ampliando la oferta y bajando sus precios, y la petrolera, que logró lo impensado hace años; que petroleras que no sean Pemex (la YPF mexicana) puedan abrir estaciones de servicio propias, ampliando la competencia a niveles inimaginables. En menos de un año, los carteles de Pemex se cambiaban por los de BP, Mobil, Shell, Chevron, Repsol o las nacionales Hidrosina y G500. Todavía hay gente que piensa que el PRI es el de hace más de tres décadas. Ese PRI jamás se hubiera alineado con partidos tan disímiles. Y hablamos de las bases, no de sus polémicos líderes a quienes se les culpa directamente del resultado en tierras mexiquenses. Una muestra: Alejandro Moreno, presidente del centenario partido, salió a festejar un virtual triunfo de Alejandra Del Moral con una camisa roja y su apodo, “Alito” impreso en letras gigantes. Cuando la tortilla se dio vuelta, “Alito” desapareció y, sola con su alma, Ale, la valiente, puso el cuerpo al resultado adverso. Un gesto valorado hasta por los ganadores de la elección de una mujer que, como Mbappé en el mundial que ganó nuestra selección, tiene mucho camino por delante gracias a su juventud. Si los electores ven esa desubicada camisa solamente, no es de extrañarse que se repita en el ámbito nacional lo que pasó en el estatal. En pocos días se estarían definiendo las candidaturas para el año que viene. Y si en ese camino ruedan algunas cabezas, sería hasta el camino más lógico para que la gente deje de votar a “los otros” porque “estos no me gustan”. Así ganaron los Fernández de Kirchner en 2019 y  más atrás en el tiempo, Kirchner en 2003. Y ya sabemos las consecuencias regionales del “voto berrinche”.

DESUBICADOS. Alejandro Moreno, presidente del Partido Revolucionario Institucional, apareció con una camisa con su apodo al anunciarse la posible victoria, que no ocurrió, de Alejandra Del Moral. Con los resultados adversos en la mesa, “Alito” y su camisa desaparecieron. Acá en Argentina como allá en México, es igual: los “líderes” nunca se toman la foto de la derrota. Mientras, en el Palacio de Gobierno, el “kirchnerista” López Obrador “gastaba” a la oposición en su conferencia matutina, que cada vez se parece más a los programas de TV del dictador venezolano Maduro, poniendo un video de una narco-banda llamado “Ya supérame”. Del mamarracho de Coahuila, ni una palabra.

Los tiempos cambiaron, no solamente metiendo de prepo el lenguaje inclusivo en las comunicaciones gubernamentales. El año que viene hay elecciones presidenciales en México. Y de toda la oposición depende que Morena no termine convirtiéndose en una versión aun más rancia que el otrora PRI más rancio. Desde el vamos, se les sudan las manos en hacer la “vamos por todo” de su amiga Cristina Kirchner. Bastantes tiros en el pie se pegaron los que confiaron en “el viejito” y sus fieles representantes.

 

UN CAMINO LARGO Y SINUOSO

Denisse Dresser le bancó los trapos a la “4T” desde sus comienzos, en contra del “dinosaurio” PRI, que aun sigue detestando. Hoy, su realidad es prácticamente inversa a la de aquellos años mozos, como tantos otros decepcionados con este gobierno autocrático. Famosa periodista, escritora y formadora de opinión, no deja íes sin puntos en sus redes sociales y escribió un certero resumen de lo ocurrido, dos días después de aquel domingo electoral donde la izquierda populista ganó otro bastión: “Para los entusiasmados por la victoria de Delfina Gómez, por ser mujer, por su origen, y por el desplazamiento del PRI, van algunas precisiones:
1) AMLO/Morena acaban de encumbrar a una delincuente electoral, que descontó dinero ilegalmente a los trabajadores de Texcoco. Morena fue multado con 4 millones de pesos por la utilización de un esquema paralelo de financiamiento para su partido.
2) Es ingenuo creer que la llegada de Delfina significará el desmantelamiento de las viejas maneras priistas de hacer política en Edomex. Su carrera política en la entidad está vinculada al viejo sindicalismo priista.
3) El mito de su origen contradice su aspiracionismo. Es egresada del Tec de Monterrey, una universidad privada. Colecciona bolsas Louis Vuitton, Chanel y Gucci. Fue representante legal de uno de los colegios privados más caros de Texcoco. Su ruta no ha sido la austeridad republicana o la pobreza franciscana, sino el ascenso social que el presidente tanto critica. (…) Señalar estas contradicciones y mitos en torno a Delfina no es clasismo. Es crítica legítima de ciudadanos que queremos y merecemos más. En la “4T” puedes ser delincuente y gobernadora. Esa es la triste moraleja de un movimiento que nació diferente y se volvió igual.

 

 

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